Tiempo para pensar
Aprender sin pensar es inútil. Pensar sin aprender, peligroso.
Confucio
La consigna era recuperar el ánimo estudiantil que nos encaminó a estudiar en nuestra Escuela. Ante un calendario tan drásticamente distinto, a nuestro juicio injustificadamente, del resto de las instituciones jurídicas serias de nuestro país, un ajuste mínimo resultaba – una vez más, al juicio de los alumnos – justificado. Hace algunos meses, a principios de septiembre, propusimos a las autoridades de la Escuela, concretamente al Rector, frente a la Secretaria de Administración, la posibilidad de recortar un par de semanas el calendario de la Escuela a fin de permitirle a los alumnos, en pocas palabras, tiempo para pensar (y, de paso, quien así lo quisiere, un extraordinario intercambio durante el verano, en el que el talento y la voluntad operativa siempre se imponen a los problemas económicos que pueden surgir).
La “Iniciativa intercambio”, que, en octubre, fue presentada por escrito a la Junta Directiva con la firma de los integrantes de la Sociedad de Alumnos, así como de todos los jefes de grupo de la Escuela (todos tienen una copia digital de ella), tenía como considerando el hecho de que el presente año escolar, además de la diferencia calendárica que prevalecía de antaño (la libre tiene entre 5 y 9 semanas del tiempo del año escolar, entre clases y exámenes, por encima de las instituciones de la APEA), se pusieron clases en las semanas intermedias en las que habremos de presentar los exámenes “no anuales”. Es decir, este año, además, durante el tiempo de exámenes no anuales habremos de jinetear, de forma extraña, las clases con los golpes de la campanita, (sin dejar de preguntarnos cómo es que los salones de clases alcanzarán) y el muy negativo efecto que ello tendrá para el desempeño del estudio entre nuestros compañeros.
Es éste el objetivo de este escrito: apelar a la voluntad de nuestros compañeros a proponer de forma conjunta una reconsideración de esta medida. Al parecer, si prevalece lo planeado en el calendario, será contraproducente para todos. No será extraño ver a los salones cuasi-vacíos en esos días de exámenes no anuales; la molestia de nuestros maestros ante ello, con toda razón, tampoco será extraña. El perjuicio en el porcentaje de asistencias de clases requerido para las materias anuales será la norma; y, muy delicadamente, la distracción que ello significará para la presentación de los exámenes no anuales afectará el rendimiento académico de los alumnos. Todos perdemos. No es ésta una embestida a favor de la pereza, la ligereza académica o del mínimo esfuerzo. Al contrario (el rigor y la exigencia de nuestra Escuela no cambiaría un ápice, recogiendo mejores resultados). Es simplemente una invitación a reconsiderar y recordar que, aquí y en toda institución académica de enseñanza, el tiempo para estudiar, el tiempo para pensar (ambos dirigidos al verdadero aprendizaje), son fundamentales. Son las clases la guía y encausamiento para el mejor desempeño del tiempo para pensar y estudiar. Y no al revés.
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